El efecto iluminador de los feminismos, y lo que no acaban de alumbrar
El efecto
iluminador de los feminismos,
y lo
que no acaban de alumbrar
Irma Lorena Acosta Reveles
Marzo 2026
El mes de marzo ha devenido en un lapso
que interpela a la ciudadanía para reconocer el rol social de las mujeres, es
un llamado a reparar en la trascendencia de sus múltiples quehaceres en el
presente, y rastreando el pasado. Y no son sólo las mujeres quienes se encargan
de ponerlo a la vista; lo hacen con exceso de propaganda los organismos
gubernamentales y educativos, los medios de comunicación, entidades sociales
varias, y corporaciones, desde luego. En lo individual, también los hombres -cada
vez más de ellos- se adhieren al evento: aluden a la equidad, la inclusión y justicia
alcanzada, a lo mucho o poco que desde su perspectiva falta por hacer. Es el efecto
iluminador de los feminismos. Cabe aclarar que esta expresión no es mía.
La
causa, los fines de la conmemoración son legítimos, pero de la parafernalia hay
mucho por cuestionar; sobre todo la autenticidad y congruencia de muchas voces.
No es lo que corresponde hacer ahora. Esta breve nota tiene el propósito de
apuntar hacia un sector de mujeres perteneciente a la población económicamente
activa que sigue siendo poco visible y subvalorado, que no logra apreciarse en
toda su relevancia y magnitud. Se trata de las trabajadoras del hogar
remuneradas, una dimensión casi ignorada, soslayada en las agendas feministas.
Es
preciso hablar de su condición de vulnerabilidad y de la infravaloración de sus
funciones, que son vitales para los hogares y también para el engranaje
macroeconómico, pues permite a numerosas familias acudir a los mercados de
trabajo. Sin embargo, este problema social que nos circunda no se advierte como
una situación crítica e intolerable.
Hay
que en insistir el poco reconocimiento y los exiguos salarios que reciben las
personas (generalmente mujeres) que realizan el trabajo doméstico y de cuidados
para numerosos hogares. Ese trabajo que se funda en acuerdos orales y
flexibles, en condiciones poco explícitas, y con todas las deficiencias que
atañen el empleo no registrado. Condiciones con frecuencia distantes de la dignidad
humana y al margen del estatuto laboral.
Para
México, por varios años, la contabilidad del sector gubernamental calculó que
ese contingente oscilaba en torno a 2.5 millones de personas. Las cifras más
recientes, del año 2025, lo estimó en 2.3 millones, aproximadamente. Desconfiamos
de esos datos por la ausencia de estadísticas sistemáticas al respecto, pero no
tenemos otros para contrastar. Inferimos que se trata (como en la mayoría de
los países) de un subregistro derivado de la naturaleza peculiar de la ocupación:
espacios de trabajo ocultos a la mirada pública por situarse puertas adentro de
los domicilios, con trabajadoras residentes a veces, y otras veces itinerantes
entre diferentes hogares, actividades discontinuas en su temporalidad, y derivadas
de pactos difusos, porque los más de ellos son de palabra.
Ese
no saber cuántas y cuántos son, dónde
están, ni las dinámicas que les caracterizan, es sintomático de la escasa importancia
política que se les concede. Al margen de los tardíos y breves registros del
sector de seguridad social, no existen estrategias estatales para mantener
actualizadas esas cifras. El 30 de marzo de cada año, en ocasión del Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar
se recuperan algunos números significativos, pero proceden de estadísticas
generales, ya que no existe contabilidad ex profeso, ni se percibe algún esmero
por diseñar alguna.
Situar
una y otra vez en el debate público este grupo laboral feminizado, precarizado
y cuasi-invisible, no debería ser tan complicado, porque no nos queda lejos.
Está en nuestra probablemente en nuestra propia residencia, en el vecindario,
en la casa de las amistades o familia extensa, del compañero o compañera de
trabajo. No obstante, nos resistimos a encender los reflectores y disponer el
ánimo sobre este tema que, debemos insistir, es un problema social crítico y del
que poco se habla.
No
se suele hablar del asunto, tal vez para no hacernos cargo de la parte que nos
toca. Acaso para eludir nuestra responsabilidad en una realidad que aceptamos
como el estado de cosas normal. Porque hay que decirlo sin eufemismos, se trata
de un sistema laboral abusivo que toleramos, avalando de facto su reproducción.
Lo respaldamos por omisión, porque participamos de sus beneficios, porque
hacemos silencio en torno a él.
Recurramos
a un símil. Así como se calla y dejan pasar otras violencias estructurales,
como las que se comenten por ejemplo contra las mujeres o los menores, todos
estamos al tanto de empleadores que contratan trabajadoras o trabajadores en su
domicilio, en condiciones inferiores a las que marca la ley, siendo que ya
están obligados a su registro.
En
México, la lucha activa hacia para el reconocimiento de la condición vulnerable
y del valor social del trabajo del hogar comenzó hace décadas, a impulso de las
propias trabajadoras en los grandes centros urbanos. Infortunadamente (pero no
por casualidad) poco ha avanzado en la sindicalización nacional y la
formalización laboral. En el contexto latinoamericano, México está en los
últimos sitios en cuanto al avance de cobertura social y dignificación del
oficio.
No
nos podemos llamar a sorpresa, lo sabemos. En cualquier conversación encontraremos
acuerdo unánime respecto a la vulnerabilidad del sector. Para que algo cambie, si tú eres empleadora o empleador, si tu casa es un
centro de trabajo para otras personas, te invitamos a implicarte en la solución
del problema. Aquí está el vínculo para hacer el registro social y formalizar
su status: www.imss.gob.mx/personas-trabajadoras-hogar.
Comentarios
Publicar un comentario